El hombre invisible llegó, como todos los días, puntual a su trabajo, dejando tras de sí un revuelo de puertas que parecían abrirse y cerrarse solas misteriosamente y de pasos que avanzaban por un pasillo vacío. Sin embargo, nadie levantó la vista. Nadie se asomó a ver qué sucedía. Todo parecía normal. Hacía mucho tiempo que el hombre invisible llegaba puntual a su trabajo todos los días.

El hombre invisible se sentó en su silla de oficina con un crujido impensable en una silla vacía, y encendió su PC con un dedo transparente. Leyó los correos atrasados, como todos los días. Y después se puso con los informes pendientes, como todos los días. Los mismos informes que le serían reenviados de vuelta pocos días después, para que los reescribiera de nuevo, acompañados de una serie de observaciones mordaces y agresivas. La misma rutina de siempre. A menos, claro, que la rutina de siempre se viera modificada sin que nadie se lo avisara.

Hubo una época en que el hombre invisible no era invisible. Pero todo eso cambió hace mucho tiempo, cuando se les hizo saber a todos sus compañeros su nueva condición de hombre invisible, dispuesta unilateralmente por un chamán hacedor de invisibilidades. Hubo quien se resistió a aprobar dicho cambio, pero misteriosamente, al poco tiempo los rebeldes se convirtieron en rebeldes invisibles. Y poco a poco, se marcharon, sin hacer ruido. Sin que nadie los viera partir. ¿Acaso hay algo peor que la nada?

El hombre invisible suspiró con unos labios imperceptibles y siguió tecleando.